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El derecho y la obligación de trabajar (por Mons. Jorge Lozano)

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Posted by Paz Vivona

El trabajo tiene esta doble dimensión de deber y derecho que es bueno mirar en forma simultánea. Por medio del trabajo el ser humano participa de la obra creadora de Dios, obtiene el sustento digno para sí y su familia, y participa en la vida social aportando al bien común. 

 

Por eso se enseña en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia que “el trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La «plena ocupación» es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, «no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social»”. (CDSI 288)

 

Por medio del trabajo el ser humano desarrolla su vocación y se hace partícipe de la construcción de la sociedad, y no solo en un sentido económico o material. Muchos trabajos contribuyen a la cultura, la paz, la recreación, la amistad, el cuidado de la creación... todos bienes espirituales que ayudan a lograr la felicidad.

 

Por eso el trabajo no tiene únicamente un rol productivo de riqueza económica, sino estas otras dimensiones necesarias para el bien común. Por eso una sociedad no debe organizarse en el trabajo con el dogma de la eficiencia y la productividad, hay situaciones en las cuales se deben preservar las fuentes de trabajo aunque la actividad no sea lucrativa o rentable. “La economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos.” (EG 204)

Algunas decisiones políticas internacionales o locales pueden ayudar a generar puestos de trabajo, o en cambio a deteriorarlos e incluso eliminarlos. La sociedad en su conjunto debe velar por cuidar el trabajo.

 

Nos enseña el Concilio Vaticano II en el documento Gaudium et Spes ──que significa “los Gozos y las Esperanzas”── que “la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida dina en el plano material, social, cultural y espiritual” (GS 67), y además, es una manera de promover una adecuada distribución de la riqueza.

 

Pero decíamos al principio que no solo es un derecho, sino también una obligación. San Pablo enseñaba a los primeros cristianos: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (II Tesalonicenses 3, 10).

Por eso es tan necesario y urgente promover lo que llamamos la Cultura del Trabajo. 

 

Francisco nos enseña que “en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común” (EG 192). Por eso “los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras” (EG 202). Nadie debe sentirse atendido con dádivas que hace depender de una mirada paternalista del Estado.

 

La Cultura del Trabajo se fomenta desde la casa y la escuela, cuando se enseña a valorar los logros alcanzados por medio del esfuerzo: la dedicación al estudio, la participación de cada uno de los miembros de la familia en el cuidado del orden y la limpieza de la casa, en la colaboración para hacer las compras o poner la mesa.

 

Es necesario valorar el empeño fiel y constante para aprender un deporte o tocar un instrumento, y alejar a los chicos de las búsquedas cómodas o fáciles, y menos aún de alcanzar metas por medio de la suerte o el acomodo. Las tendencias facilistas que llevan a esperar “que todo venga de arriba” no colabora a la cultura del trabajo ni al bien de la Nación. Más bien nos vuelven egoístas y poco solidarios. 

 

San José Obrero es un ejemplo de amor a la familia, al trabajo y a la fe. Este 1 de mayo pidamos trabajo para todos remunerado con justicia. También tengamos en cuenta a los hermanos que fueron evacuados a causa de las inundaciones y participemos en algunas ayudas solidarias.

 

Quiero también agradecer de modo especial la participación en el gesto solidario de Cuaresma. Como fruto de las privaciones en las Parroquias, Capillas, Comunidades Educativas y Religiosas se reunió la suma de $450.000.-, para construir la casa amigable del Hogar de Cristo en la diócesis. Gracias por la generosidad.

 

Monseñor Jorge Lozano. Obispo de Gualeguaychú (Argentina).

 

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